La Asociación Ibérica Fotográfica / Territorio Foto ha cerrado la fase cualitativa del estudio sobre el ecosistema cultural de la fotografía en España, una investigación orientada a analizar la situación actual del sector, identificar sus principales fortalezas y fragilidades, y proponer líneas de trabajo que permitan mejorar su articulación, reconocimiento y sostenibilidad.
Esta fase ha incluido la celebración de cinco grupos de discusión territoriales en Alcalá de Henares, Granada, Barcelona, Bilbao y Badajoz, además de un panel de expertos celebrado en la Universitat Politècnica de València los días 27 y 28 de abril de 2026. En conjunto, estos encuentros han permitido contrastar los datos obtenidos en la fase cuantitativa del estudio con la experiencia directa de profesionales, instituciones, espacios culturales, universidades, festivales, asociaciones, escuelas, autores, editores, mediadores, gestores y agentes del sector.
El objetivo de esta fase no ha sido únicamente recoger opiniones, sino poner a prueba el diagnóstico inicial del estudio con personas que trabajan desde dentro del ecosistema fotográfico. La diversidad de los perfiles participantes ha permitido observar la fotografía desde múltiples lugares: la creación, la formación, la investigación, la gestión cultural, la programación, la edición, la producción, la mediación, la administración pública, el asociacionismo, los festivales, los museos, los centros de arte, los espacios independientes y la universidad.
A lo largo de las sesiones se ha confirmado una de las ideas centrales de la investigación: la fotografía en España no es un campo débil desde el punto de vista cultural. Existe una actividad intensa, diversa y territorialmente extendida. Hay festivales, autores, agrupaciones, escuelas, universidades, espacios culturales, editoriales, proyectos independientes, iniciativas de mediación, colecciones, archivos y programas que sostienen una práctica cultural viva. Sin embargo, esa actividad no siempre descansa sobre estructuras suficientemente sólidas, ni cuenta con el reconocimiento institucional, económico y estratégico que correspondería a su presencia real en la sociedad contemporánea.
Uno de los asuntos más repetidos en los grupos ha sido la tensión entre actividad y estructura. La fotografía genera programación, pensamiento, participación, memoria, creación y públicos, pero muchas veces lo hace desde modelos frágiles, sostenidos por la voluntad personal, la precariedad, el voluntariado, la financiación inestable o la capacidad de resistencia de quienes impulsan los proyectos. Esta contradicción atraviesa buena parte del ecosistema: se hace mucho, pero no siempre en condiciones que permitan sostener, evaluar, profesionalizar o proyectar esa actividad a medio y largo plazo.
La fase cualitativa también ha reforzado la necesidad de pensar la fotografía más allá de su dimensión artística o profesional. En todos los encuentros apareció con fuerza la idea de la fotografía como lenguaje social, herramienta educativa, soporte de memoria, forma de comunicación cotidiana, objeto cultural, práctica ciudadana y dispositivo de construcción simbólica. La fotografía no solo se expone o se produce; también se usa, se comparte, se interpreta, se manipula, se archiva, se compra, se conserva, se enseña y se discute.
En este contexto, la alfabetización visual ha emergido como una de las grandes líneas estratégicas del estudio. Los grupos han señalado que la ciudadanía utiliza imágenes de forma masiva, especialmente en entornos digitales, pero no siempre dispone de herramientas críticas para comprenderlas. Esta carencia afecta a la educación, a la comunicación, a la relación con los públicos, a la valoración de la fotografía como objeto cultural y a problemas sociales vinculados al uso de imágenes, como la desinformación, la manipulación, el ciberacoso, la identidad digital, el consentimiento o la banalización visual.
La conversación sobre públicos ha sido igualmente relevante. La investigación constata que el sector habla de públicos, trabaja para públicos y necesita públicos, pero todavía faltan datos comparables, metodologías compartidas y estrategias de continuidad que permitan conocer mejor quién participa, cómo se relaciona con las actividades fotográficas y qué impacto generan los proyectos. No se trata solo de atraer visitantes a una exposición o a un festival, sino de construir comunidades, generar vínculos, activar procesos de mediación y comprender la fotografía como una práctica cultural capaz de producir experiencia, conocimiento y participación.
Otro eje transversal ha sido la necesidad de pasar de una lógica de evento a una lógica de proceso. Los festivales de fotografía han aparecido en los encuentros como agentes fundamentales del ecosistema, pero también como estructuras que deben evolucionar para convertirse en nodos territoriales de relación, circulación, mediación y conocimiento. Un festival no puede ser únicamente una programación concentrada en unos días o semanas; puede ser también una plataforma capaz de conectar autores, escuelas, universidades, espacios culturales, públicos, administraciones, editoriales, productores y otros festivales.
La circulación de proyectos ha sido una preocupación constante. En distintos grupos se ha señalado la dificultad de producir exposiciones, publicaciones o proyectos fotográficos que después no encuentran un recorrido claro. La ausencia de circuitos estables de exhibición, la falta de coordinación entre espacios, la debilidad de las redes de distribución y la escasa planificación compartida provocan que muchos trabajos tengan una vida cultural muy corta. Esta situación afecta directamente a la sostenibilidad de los autores y a la eficiencia de los recursos invertidos.
La fase cualitativa también ha puesto sobre la mesa la urgencia de reforzar las buenas prácticas profesionales. Se ha hablado de honorarios, derechos de exhibición pública, producción, transporte, mediación, comisariado, venta de obra, derechos de autor, relación con instituciones, contratación pública, subvenciones, voluntariado y condiciones de trabajo. La precariedad no aparece solo como falta de dinero, sino como ausencia de criterios compartidos, de modelos sostenibles y de protocolos que permitan reconocer adecuadamente el valor del trabajo fotográfico y cultural.
El papel de la universidad ha sido otra de las cuestiones más destacadas. En los grupos se ha señalado que las universidades pueden actuar como agentes estratégicos por su capacidad de investigación, formación, legitimación, transferencia y presencia territorial. La fotografía puede conectar con la comunicación, las artes, la educación, la sociología, la salud, la memoria, el patrimonio, la inteligencia artificial, los derechos culturales y la mediación social. Para ello, es necesario que la universidad no opere de forma aislada, sino como parte activa de un ecosistema más amplio.
También se ha insistido en la necesidad de hablar de economía, mercado y sostenibilidad sin complejos. La creación fotográfica necesita condiciones materiales para desarrollarse. Los autores, editores, mediadores, comisarios, formadores, gestores y productores culturales necesitan herramientas para comprender tarifas, modelos de negocio, venta de obra, coleccionismo, microcoleccionismo, fotolibro, fiscalidad, convocatorias, ayudas, derechos y formas de profesionalización. El estudio confirma que una parte importante de la fragilidad del sector procede de no haber integrado suficientemente esta dimensión económica en la formación y en la práctica cultural.
Los encuentros han mostrado igualmente que la colaboración no puede depender solo de la buena voluntad. En todos los territorios existen personas y proyectos con capacidad de activar relaciones, pero la cooperación sigue siendo demasiado frágil, informal y dependiente de afinidades personales. Por ello, una de las conclusiones más claras de esta fase es la necesidad de contar con herramientas compartidas: mapas de actores, bancos de recursos, protocolos de buenas prácticas, agendas coordinadas, indicadores comunes, circuitos de circulación, espacios de encuentro y dispositivos de apoyo técnico.
En este sentido, el panel de expertos celebrado en la UPV permitió reforzar una propuesta especialmente importante: la conveniencia de avanzar hacia una oficina técnica, mesa de coordinación u observatorio operativo que ayude a ordenar información, conectar recursos, acompañar a profesionales y facilitar la articulación del ecosistema. No se trataría solo de crear un directorio, sino de generar una herramienta viva que permita saber quién hace qué, dónde están los recursos, qué proyectos pueden circular, qué ayudas existen, qué espacios pueden acoger fotografía y qué agentes pueden colaborar.
La fase cualitativa ha confirmado, además, que cada territorio presenta matices propios. Alcalá de Henares permitió profundizar en la relación entre administración local, formación, agrupaciones, creación y públicos. Granada abrió una reflexión intensa sobre universidad, artes visuales, precariedad y reconocimiento político de la fotografía. Barcelona aportó una lectura especialmente fuerte sobre mediación, instituciones, fotolibro, coleccionismo, educación visual y plataformas de contenidos. Bilbao permitió pensar la relación entre producción, universidad, espacios de creación, instituciones y tejido profesional. Badajoz puso sobre la mesa la importancia del territorio, las fundaciones, la educación visual, la circulación real de proyectos y la dificultad práctica de construir red. El panel de Valencia, por su parte, actuó como espacio de contraste experto, validación crítica y orientación de propuestas.
El cierre de esta fase supone un paso decisivo para la investigación. A partir de ahora, el trabajo se orienta a integrar los resultados cuantitativos y cualitativos, consolidar el diagnóstico, desarrollar las dimensiones e índices del estudio, formular recomendaciones estratégicas y avanzar en la elaboración de la guía formativa Fotografía con ojo. Siete pasos para no avanzar a ciegas en el ecosistema cultural de la fotografía.
Desde la AIF, este proceso confirma la necesidad de seguir trabajando por una cultura fotográfica más articulada, más reconocida y más sostenible. La fotografía forma parte de la vida contemporánea de una manera profunda, pero todavía necesita estructuras capaces de acompañar esa presencia social con políticas culturales, educativas y profesionales a la altura de su importancia.
El estudio no pretende cerrar una conversación, sino abrir una nueva etapa. Una etapa en la que la fotografía deje de avanzar a ciegas y pueda pensarse como lo que ya es: una infraestructura cultural contemporánea, un lenguaje social de primer orden y un campo de trabajo que necesita red, conocimiento, cuidado, profesionalización y futuro.
